| #OPINIÓN | Turismo político en Guadalajara
La gira de Enrique Galindo por Guadalajara dejó algo más que una escoba compartida, una magnolia sembrada y fotografías institucionales. Dejó preguntas. Porque en política pocas cosas son casualidad y menos cuando se trata de apariciones públicas, símbolos y compañías elegidas con cuidado quirúrgico.
El hermanamiento entre ciudades puede ser una herramienta útil. Turismo, inversión, promoción y cooperación; todo eso suena bien en el papel. El problema es que la política mexicana ha perfeccionado un arte: convertir la fotografía en estrategia y la estrategia en fotografía. Y a veces cuesta trabajo distinguir dónde termina una agenda institucional y dónde comienza una agenda personal.
Galindo llegó a la alcaldía impulsado por una alianza con el PAN después de haber construido gran parte de su trayectoria política en el PRI. Ahora aparecen gestos, acercamientos y escenarios que inevitablemente generan lectura política. Porque la política tiene memoria y los partidos también, aunque a veces sufran episodios repentinos de amnesia cuando aparecen proyectos electorales atractivos.
La pregunta no es si un político puede construir relaciones; eso es parte de su trabajo. La pregunta es otra: ¿cuántas estaciones puede recorrer un tren político antes de que alguien pregunte cuál era realmente el destino? Porque una cosa es sumar aliados y otra muy distinta parecer turista permanente entre colores partidistas.
Mientras tanto, en San Luis los problemas cotidianos siguen teniendo la mala costumbre de no viajar a Guadalajara. Los baches siguen aquí, las fugas siguen aquí y las demandas ciudadanas también siguen aquí. Las escobas sirven para barrer calles, pero difícilmente alcanzan para barrer dudas políticas.




