| #OPINÓN | ¿QUÉ NOS ESTÁ PASANDO?
Mr. Chaac
Hay noticias que uno lee y sigue adelante, pero hay otras que se quedan dando vueltas en la cabeza.
En Atizapán, el caso más sonado, fue asesinado el tecladista y cofundador de Camilo Séptimo y dos personas más incluyendo su esposa embarazada y un menor.
En San Luis Potosí una mujer fue aparentemente asesinada dentro de un centro penitenciario en el área de visita íntima a manos de un interno (su pareja).
Y mientras esta realidad me golpeaba la cara, las redes sociales hicieron lo suyo, rumores, versiones si confirmar y sobre todo: CULPABLES.
Y me quedé pensando: ¿qué nos está pasando?
Queremos seguridad y exigimos que la autoridad actúe, pero pocas veces queremos denunciar o hablar de lo que ocurre en nuestras colonias o incluso en nuestras propias casas.
Hay madres y padres que defienden a sus hijos, aunque sepan que algo no está bien. Hay casos donde a las y los jóvenes se les encuentra droga en la mochila y prefieren pensar que “su muchacho es un angelito, que se la sembraron”, pero insultan, golpean, humillan o justifican la violencia mientras aseguran que el problema está afuera.
También se ve en las escuelas, cuando un maestro es agredido por reprobar a un alumno; en los jóvenes que comienzan a mirar al delincuente como ejemplo de éxito; en quienes presumen una vida de dinero fácil sin preguntarse cuánto dolor hay detrás.
Y después nos preguntamos por qué tenemos violencia.
Es muy fácil señalar a la policía, al juez o al delincuente. Y sí, las autoridades tienen la responsabilidad principal, que quede claro, no se salvan, tienen que prevenir, investigar y hacer cumplir la ley.
También es cierto que se ha hecho un trabajo importante en la detención de feminicidas y en el acompañamiento y protección de las mujeres. Pero, por alguna razón, se siguen dando este tipo de episodios que parecen rebasar cualquier política social.
Y aquí hay algo que nadie puede hacer por nosotros:
Pero hay algo que nadie puede hacer por nosotros: EDUCAR.
Ningún gobierno puede poner un policía dentro de cada casa. Nadie puede vigilar cada conversación entre padres e hijos, cada amistad, cada decisión.
Nos encanta discutir la forma, pero nos incomoda muchísimo hablar del fondo.
Porque el fondo somos nosotros.
Una sociedad que pierde la capacidad de corregir a tiempo, de poner límites, de educar, de escuchar, de denunciar una injusticia, de decirle a un hijo que está equivocado aunque duela; una sociedad que prefiere proteger la apariencia de una familia antes que reconocer que dentro de ella existe un problema.
Nos encanta discutir quién tuvo la culpa, pero pocas veces queremos preguntarnos qué hicimos antes para evitar que las cosas llegaran hasta ahí.
Tal vez por eso algunas noticias duelen más de lo que parece.
Porque nos obligan a recordar que la violencia no vive solamente en las calles.
También puede esconderse detrás de una puerta cerrada.
Quizá despertar significa dejar de preguntarnos únicamente qué está haciendo la autoridad y comenzar a preguntarnos qué estamos haciendo nosotros.
Porque la violencia que tanto nos indigna cuando aparece en las noticias no siempre comienza ahí. Muchas veces comienza mucho antes y, algunas veces, lamentablemente, dentro de las cuatro paredes donde todos pensamos que estamos a salvo.
No podemos pedir una sociedad menos violenta mientras seguimos alimentando, tolerando o justificando pequeñas violencias todos los días.
¿Qué nos está pasando?







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