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Las tres preguntas
Hay preguntas que uno responde sin pensar demasiado. ¿Cómo estás? Bien. ¿Ya comiste? Sí. ¿Qué haces mañana? No sé.
Y hay otras que, cuando aparecen, pueden cambiar por completo la manera en que vemos las cosas.
Hace unos días tuve la oportunidad de ver: L’âme idéale (“Me encontraste” en español), una película francesa dirigida por Alice Vial, como parte de un ciclo de cine francés.
La historia mezcla romance, comedia, drama y un pequeño toque de suspenso; Elsa, una doctora que trabaja con pacientes terminales, tiene un secreto: puede ver y hablar con los muertos.
Y entonces se enamora de uno.
La película podría quedarse perfectamente en una historia de amor extraña, de esas que funcionan precisamente porque uno no termina de saber dónde acaba la realidad y dónde empieza la imaginación -incluso producto de la imaginación de una mente retorcida-. Sin embargo, hay una escena que se me clavó.
Cuando llega el momento de despedirse, Elsa le pregunta:
—Oscar, ¿sabes que estás muerto?
Y él responde con una pregunta que, de pronto, deja de tener que ver con los muertos.
—Elsa, ¿aceptas que estás viva?
Ella dice que sí.
Pero él insiste. No habla de sobrevivir, de levantarse cada mañana, trabajar, comer, dormir y repetirlo todo al día siguiente.
Habla de vivir.
De vivir de verdad.
Y entonces le dice algo que me pareció brutalmente sencillo: porque te he visto en vida, Elsa. Es maravilloso.
Después vienen otras preguntas triviales y una despedida.
Nos pasamos buena parte de la vida hablando de cómo no queremos morir, pero muy pocas veces nos detenemos a preguntarnos si realmente estamos viviendo.
Hace apenas unos días terminó septiembre, un mes dedicado a hablar sobre la prevención del suicidio; ahora se acerca noviembre, el mes en que los mexicanos celebramos el día de muertos.
Vamos al panteón, les contamos cosas, les pedimos consejos, les llevamos flores, comida, fotografías. A veces soñamos con ellos y sentimos que regresaron solamente para decirnos algo.
No necesitamos morir para aprender de los muertos.
Ellos siguen enseñándonos cosas.
Nos recuerdan que las despedidas existen, que las personas se van, que algunas historias no tienen el final que queríamos y que, precisamente por eso, quizá deberíamos aprovechar un poco más las que todavía tenemos.
Porque despedirse duele.
Duele cuando muere un perro que nos acompañó durante años; cuando se va alguien con quien compartimos una vida; cuando aquella novia de secundaria se muda a otra ciudad; cuando un amigo acepta un trabajo lejos y sabemos que las conversaciones ya no serán tan frecuentes.
También hay personas que siguen vivas y, de alguna manera, ya no están.
Y cada una de esas despedidas tiene su propio duelo.
Quizá por eso nos aferramos tanto.
Queremos guardar a las personas, los momentos, las fotografías, las relaciones, como si pudiéramos evitar que algo termine, pero hay ocasiones en las que querer también significa dejar ir.
No se trata de ese positivismo barato que nos dice que todo pasa por algo y que debemos sonreír, aunque la vida se esté cayendo a pedazos.
No.
Hay cosas que duelen, pero incluso después del dolor, vale la pena continuar.
Tal vez por eso me gustaron tanto las tres preguntas de aquella película.
No solamente para los muertos.
También para nosotros.
¿Aceptas que estás vivo?
¿Estás dispuesto a dejar ir lo que ya terminó?
¿Hay algo que todavía necesitas decir?
Quizá deberíamos hacérnoslas de vez en cuando.
Y mientras podamos responderlas, recordar aquello que Oscar vio en Elsa y que a veces olvidamos nosotros mismos:
Vivir es maravilloso.
Mr. Chaac.








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