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LA CIUDAD QUE NOS PERTENECE A TODAS, TODOS Y TODES
Mr. Chaac
Hay lugares por los que pasamos tantas veces que terminamos olvidando sus detalles y sus marcas, y así me pasa con San Luis Potosí y su Centro Histórico.
Sus calles de cantera han visto desfilar presidentes, revolucionarios, comerciantes, estudiantes, manifestantes y generaciones enteras de potosinos y potosinas. En el Palacio de Gobierno despachó Benito Juárez durante su estancia en San Luis Potosí, cuando la ciudad fue sede del gobierno republicano; desde una prisión potosina, Francisco I. Madero planeó el Plan de San Luis, y en estas mismas calles la historia ha dejado episodios que todavía forman parte de nuestra memoria.
Sin embargo, ayer no fui al centro a buscar la historia. Fui a registrar mi línea telefónica.
No suelo ir con frecuencia, debo confesarlo. El tráfico, las manifestaciones, los camiones, las prisas y la dificultad para encontrar dónde estacionarse terminan por desesperarme. Pero esta vez, entre el movimiento habitual de la plaza principal, me encontré con un tianguis del Movimiento Pueblo Libre y por un momento, el centro me llevó a otro tiempo.
A esas fotografías antiguas donde las plazas estaban llenas de marchantes, la gente iba a comprar, a encontrarse con conocidos, a comer algo y a enterarse de las novedades del pueblo. Una escena que todavía sobrevive en muchos municipios, donde el domingo de plaza sigue siendo parte de la vida cotidiana.
Ahí estaban los puestos, los gritos de quienes ofrecen su mercancía y ese olor inconfundible al chicharrón recién hecho, acompañado de una salsa de molcajete. La ciudad, con todo y sus problemas, seguía viva.
Claro que la estampa también tiene sus contradicciones. Las organizaciones que se presentan como representantes de las causas populares no siempre están libres de cuestionamientos, y algunas han sido señaladas por prácticas clientelares, por concentrar beneficios en sus dirigentes o por utilizar la movilización como instrumento de presión política. La causa social puede ser legítima, pero eso no significa que quienes dicen representarla estén por encima de la crítica.
Y entonces volví a la realidad de aquel día.
La ciudad estaba atravesada por distintas manifestaciones, entre ellas las de taxistas y personal de salud. Las calles se convirtieron en un embudo, los automovilistas comenzaron a desesperarse y cada minuto detenido parecía aumentar el enojo.
Ahí aparecen dos bandos.
De un lado, quienes necesitan llegar a su trabajo, llevar a sus hijos a la escuela, acudir a una consulta o simplemente cruzar la ciudad sin perder horas en el tráfico. Del otro, quienes salen a la calle porque consideran que tienen una demanda que las autoridades no han atendido.
¿Quién tiene la razón?
La pregunta no es tan sencilla. Una protesta puede defender una causa legítima y, al mismo tiempo, afectar a miles de personas que no tienen responsabilidad alguna en el conflicto. Quien está atrapado en el tráfico puede tener motivos para estar molesto, pero eso tampoco vuelve injusta, por sí mismo, la exigencia de quienes decidieron manifestarse.
El problema comienza cuando dejamos de ver personas y empezamos a ver adversarios.
Quizá por eso vale la pena recordar una frase que Benito Juárez pronunció mucho antes de que estas discusiones llenaran nuestras calles: «Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz».
No sé si ayer alguien se acordó de Juárez mientras tocaba el claxon, gritaba consignas o intentaba abrirse paso entre los manifestantes. Pero me gusta pensar que algo de aquella historia permanece entre las piedras de cantera, como un recordatorio de que la ciudad no es propiedad exclusiva de quienes protestan, de quienes conducen, de quienes venden en la plaza ni de quienes gobiernan.
El Centro Histórico nos pertenece a todas, todos y todes.
Y quizá esa sea la parte que más trabajo nos cuesta entender: podemos tener diferencias, reclamar derechos, exigir respuestas y defender nuestras causas sin olvidar que, del otro lado, también hay personas con necesidades, problemas y razones.
San Luis ha sido escenario de luchas que cambiaron la historia del país. No todas las protestas son iguales, ni todas las causas tienen el mismo peso, pero ninguna ciudad puede construirse si sus habitantes terminan convencidos de que el enemigo siempre es el que tienen enfrente.
La lucha no debería ser entre nosotros.
A veces basta con caminar un poco más despacio por nuestras propias calles para recordar que compartimos mucho más que el tráfico.






