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Frágmentos del Futuro
Sócrates no tenía redes sociales
En enero de 1995, McArthur Wheeler entró a robar dos bancos en Pittsburgh, Estados Unidos, no llevaba máscara, gorra ni ningún elemento para ocultar su identidad. Había encontrado una solución mucho más ingeniosa, según él: se había untado jugo de limón en la cara porque estaba convencido de que eso lo volvería invisible ante las cámaras de seguridad.
Lo más sorprendente no fue que lo detuvieran, sino que realmente no entendía cómo habían podido reconocerlo, si se había puesto jugo de limón, porque había leído sobre el jugo de limón como tinta invisible y supuso que si lo hacía en su cara habría invisibilidad ante las cámaras
La historia llamó la atención de los psicólogos, David Dunning y Justin Kruger, quienes la retomaron para introducir una investigación que terminó dando nombre a uno de los sesgos cognitivos más conocidos: el efecto Dunning-Kruger que explica cómo una persona con pocos conocimientos sobre un tema puede sobreestimar lo que sabe, sin tener siquiera las herramientas para reconocer sus propias limitaciones.
Y basta mirar un rato las redes sociales para encontrar muchos ejemplos.
Hoy tenemos millones de especialistas en economía, seguridad, medicina, política, educación, filosofía y relaciones internacionales; nos hace falta un video de tres minutos, una publicación compartida o un titular para que alguien se sienta preparado para explicar el mundo, descalificar a los demás y dictar sentencias con una seguridad envidiable.
No creo que necesariamente sea maldad, quizá es parte de nuestra naturaleza, nos gusta tener razón, sentir que entendemos lo que ocurre y participar en las conversaciones, pero el problema aparece cuando confundimos información con conocimiento y una opinión con una verdad absoluta.
También Sócrates dejó una enseñanza que sigue vigente, reconocer lo que no sabemos también es una forma de sabiduría. Porque cuanto más estudiamos un tema, más descubrimos sus matices, sus contradicciones y las preguntas que todavía no tienen respuesta.
El verdadero conocimiento no siempre produce certezas; muchas veces produce mejores preguntas.
Tal vez por eso necesitamos recuperar algo una cierta humildad, leer más antes de opinar, escuchar antes de responder, investigar antes de compartir y, sobre todo, aceptar que podemos estar equivocados.
No significa dejar de cuestionar, renunciar a nuestras ideas o guardar silencio frente a lo que nos parece injusto. Significa entender que no tenemos que saber de todo, que cambiar de opinión no es una derrota y que reconocer un error no nos hace menos inteligentes; por el contrario, nos hace más humanos.
Quizá también deberíamos preguntarnos por qué necesitamos tener siempre la razón, por qué nos importa tanto que los demás reconozcan nuestras opiniones y por qué nos cuesta tanto decir esas cuatro palabras que pueden abrirnos muchas puertas: no lo sé.
A veces el silencio es más sabio que la opinión más contundente, especialmente cuando todavía no sabemos de qué estamos hablando.
El mayor problema no es tener jugo de limón en la cara, sino estar tan convencidos de que somos invisibles que ni siquiera nos damos cuenta de que todos pueden vernos.
Y eso, en estos tiempos, debería hacernos pensar un poco más, cuestionar más lo que vemos y reconocer nuestros errores, no solo embarrarnos de limón.
Por: Chaac






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